martes, 6 de enero de 2009

NOCHE DE REYES



Cuando mis hermanas y yo éramos pequeños, antes de que la televisión empezara a emitir como cada año los anuncios de El Almendro o de El Corte Inglés, las noticias de que la Navidad y Sus Majestades estaban cerca las traía mi abuela Nieves. Uno de los pajes del rey Baltasar, Nicomedes, visitaba la zapatería Junior en busca de pares y pares de todos los modelos y colores para ir llenando las canastas que se vaciarían en la madrugada del cinco de enero. Llegaba de manera discreta, sin aspavientos, mezclado a veces entre otros clientes, y sólo se le podía reconocer si una, decía mi abuela, miraba atentamente a su pierna derecha, en donde, a la altura de la rodilla, el paje tenía incrustado un diamante. No tenían ni ella ni la dependienta mucho que ofrecerle, apenas un vaso de agua o algún caramelo, porque Nicomedes no avisaba y además su aspecto iba variando de un año para otro, o tal vez esa fuera la impresión, que ya se sabe que en asuntos de magia la lógica a veces es muy traicionera. Un sábado de noviembre, de mediados más bien, nos traía, junto con los pasteles, la noticia a la hora de comer y entonces se nos alojaba en la mirada esa chispa que nos iba a durar mes y medio y que llenaría nuestros sueños de azúcar y nervios.
Nosotros éramos y somos de los Reyes. No es que le hiciésemos el feo a Papá Noel. Simplemente, no teníamos chimenea en la calle Sor Alegría. Si coincidía que mis padres, antes de irse a dormir, dejaban una ventana abierta para que el comedor se ventilara de los excesos de la Nochebuena, encontrábamos en la mañana del veinticinco algún detallito, poca cosa. Suficiente, teniendo en cuenta que ni le escribíamos la carta ni le hacíamos mucho caso. Buena gente, el tipo, aunque de carcajada cansina, todo hay que decirlo.
Por eso, cuando llegaba la tarde del cinco de enero, estábamos los tres a punto de estallar de la emoción. En alguna ocasión fuimos a recibir a Melchor, Gaspar y Baltasar a la antigua estación marítima (qué manía le tengo a la nueva, que me va a dejar sin poder remojarme en el Club con tanto petróleo y suciedad), aunque reconozco que no nos gustaba. No me cuadraba que, si venían por el Gurugú, como decían mi abuela y mi madre, tuvieran que coger después un barco, pero claro, cualquiera se planteaba esas cuestiones tan irrisorias cuando tenía en la cabeza el muñeco de Spiderman que había pedido o el disfraz de Don Quijote (la lanza la partí el primer día contra un ropero, según mi padre. Para mí que era un gigante). Cuando pasaban, ya de noche, por la Avenida, nos daba igual que las carrozas se cayeran a pedazos o que el séquito no llevara una cancioncita, un villancico, ni tampoco que tiraran más o menos caramelos celestiales (nuestra madre ya los había comprado en Rafael y los llevaba en los bolsillos del chaquetón). Sólo teníamos ojos para los Magos de Oriente porque en esos momentos eran nuestra vida, la ilusión que hacía posible que, a la vuelta de la cabalgata, la luz roja y lejana del repetidor que se veía desde mi calle fuera la hoguera del campamento donde descansaban los camellos, o que limpiásemos los zapatos para que nos los llenaran de chucherías y dispusiéramos en el pasillo algunos de los juguetes que nos echaron el año anterior, para que los tres Reyes vieran cómo de bien conservábamos las cosas. Luego poníamos mantecados en un platito y varias copitas junto a la botella de anís que, según decía mi abuelo en los años que pudimos disfrutarlo, ayudaba a Sus Majestades a calentarse del frío de la noche (y a él a montar nuestros regalos durante horas, como sabríamos tiempo después).
Es esa magia que no debería faltarle a ningún niño (malditas bombas, malditas estrellas anunciadoras de la muerte).
Han pasado los años, nos van faltando rostros, palabras, pedazos de niñez, pero nosotros, cada cinco de enero, mantenemos nuestro ritual de acudir a la Avenida, de comprarnos nuestras palomitas en el quiosco y de pedir a los Reyes que nos tiren caramelos, aunque los traigamos de casa. Porque a cada paso que damos durante esa tarde, vamos dibujando a nuestro lado el camino de regreso a nuestra infancia.
José María García Linares (06/01/09)

3 comentarios:

cuquita dijo...

¡¡¡Qué entrada tan bonita!!!Cuántos recuerdos.
Nicomedes,los caramelos celestiales.
Nunca se me olvidará una mañana de navidades,cuando aún era muy pequeña y más milindre aún para comer,que no quería desayunar (un vaso de leche solamente)y mi abuela Nieves comenzó a relatar la mágica historia de los Reyes Magos,de sus pajes,de los camellos.
Me tenía extasiada.Al final,me bebí la leche y mi abuela me dio un beso en la mejilla y me dijo:"¡¡¡Qué bien has desayunado!!!Mañana se lo digo a Nicomedes cuando vaya a verme a la tienda."
Ahora,todas las mañanas de Reyes me acuerdo de ella,porque misteriosamente no recuerda ya nada(de pajes,Reyes ni de otras muchas cosas)pero supo regalarme los mejores años de ilusión y alegría mientras fui pequeña.
GRACIAS ABUELA.

Rocío dijo...

La colonia y los polvos de talco antes de meternos en la cama para que oliéramos bien cuando entraran sus majestades a darnos un beso; la entrada al comedor de mayor a menor (empezando por el abuelo), el crujido de papeles que recogía la abuela revisándolo todo para no tirar un juguete que hubiese quedado escondido...Ay, ¡qué recuerdos!
Una noche mágica que lo será siempre, y mágica la capacidad que tú tienes para describirla.
ON

Anónimo dijo...

ABUELA NIEVES

(Dedicado a sus nietos Rocío, Josemari y Menuda)

La abuela llenaba esta noche
los paquetes de Reyes
de muchas ilusiones
y de bellas historias
repetidas.

Era su noche mágica,
la noche de sus nietos
dormidos entre pajes
al calor de los camellos,
oliendo a pureza, colonia
y polvos Talco.

Hoy no han podido
tomarse un polvorón,
llevaban mucha prisa,
dijo la abuela,
pero dejaron un beso
colgado en vuestra frente.
El Pajarita.