Estamos acostumbrados a oír que todas las cosas
tienen un precio. Hemos nacido en un mundo, o mejor, en una formación social en
la que todo puede comprarse e igualmente venderse porque todo lo que nos rodea
posee un valor económico. Es uno de los secretos del capitalismo, esa capacidad
para apoderarse incluso de la conciencia del ser humano hasta el punto de
hacerle creer que su lógica monetaria y librecambista es la única posible y
existente. Evidentemente no lo es. Lo que se conoce como economía del don o
recientemente potlatch digital se
sustenta en intercambios de otro tipo, de lo que se denomina capital simbólico.
Por encima de la acumulación de objetos tangibles existen otros valores como el
prestigio, el nombre o el renombre. A nosotros nos suena a rayos, claro, porque
nuestra lógica no nos permite entenderlo correctamente. Sin embargo, existe y
está de moda en Internet. La gente colabora de forma gratuita a cambio, tan
solo, de reconocimiento. En nuestro mundo analógico, en el de verdad, no en el
digital, hay aún un reducto de ese otro valor que pueden tener las cosas, y es
el que provoca que todavía haya ciudadanos que puedan sentir vergüenza por lo
que se está haciendo con el legado del poeta alicantino Miguel Hernández. Es el
último ejemplo de aquella política cultural que llevó a cabo el gobierno de
Aznar para el que más allá del valor simbólico o artístico de una obra está el
de su rentabilidad. En fin, la traducción directa de la vida y de la cultura en
billetes de cien euros. Qué rápido se nos ha olvidado que es precisamente esa
cultura el medio natural del hombre, que fue a través del pensamiento como el
ser humano se irguió y salió de las cavernas. Es ese pensamiento, al fin y al
cabo, la libertad de ese pensamiento la que está en juego y la que recibe los
ataques del discurso oficialista y dominante.

La presentación a cargo de José Luis Fernández de la
Torre del poemario Flor de Gnido (Rimado
nuevo de palacio), libro póstumo del poeta melillense Miguel Fernández,
posibilita esta tarde en la UNED no solo la apertura de un paréntesis de
lucidez entre el ruido y la furia de esa otra literatura vendida y prostituida
en manos de mercaderes y vates posmodernos, sino también un espacio para la
reflexión, para el disfrute y, por supuesto, para el recuerdo de una de las
voces más singulares de la poesía española de la mano de quien mejor ha sabido
leerlo y enseñarlo con el mayor de los rigores y la mayor de las sabidurías.
Tarde de versos, de vida y de nostalgia. Asuntos, cómo no, inservibles a todas
luces, y sin embargo…
José María García Linares (24/10/2011)