Qué manía les tengo a las manzanas. Rojas,
amarillentas o verdosas, da lo mismo. Muy mal tengo que tener la nevera para
acabar comiéndome una. Con las peras me pasa algo parecido, pero sin llegar a
extremos ni obsesiones. Veo una manzana y se me vienen encima demasiados
recuerdos, todos relacionados con recreos sin ensaimadas, tardes sin pan con
mantequilla o medios días sin arroz con leche. En fin, la clásica dicotomía
filosófica ausencia / presencia aplicada, en este caso, a una manzana. Por cosas
más raras algunos están hoy en los libros de texto.

La manzana moderna es la de la compañía Apple, como
todo el mundo sabe. O por lo menos como lo sabe el primer mundo, tecnológico,
industrializado, informatizado y esclavizado por el capital y sus compinches.
Ha muerto Steve Jobs y parece que se nos ha ido la mente más privilegiada del
planeta, la conciencia más lúcida, la persona más comprometida y más solidaria
de los últimos veinte años. Algunos hasta lo han comparado con Einstein en los
cientos de artículos que se han escrito durante la pasada semana. Que ha
revolucionado el mercado de la telefonía móvil es indudable. Que Apple se ha
convertido en la empresa de productos informáticos más rica del planeta,
también lo es. Pero de ahí a hacer determinadas comparaciones… Si tuviera que
definir a Jobs diría que fue un grandísimo empresario porque antes que
soluciones supo inventarse necesidades para tenernos a todos enganchados. A
partir de la aparición de Iphone y, posteriormente, Ipad el consumidor tiene la
necesidad, hasta ese momento inexistente, de llevar Internet en el bolsillo,
por ejemplo, o de estar continuamente conectado en las redes sociales. ¿Era
necesario tener conexión a la red en el teléfono móvil? Hace unos años no. Hoy
parece que sí lo es. Así que todos los modelos de telefonía móvil que
actualmente están en el mercado imitan al de la gran manzana.
La manzana de Apple también está mordida. Hay que
ver lo que es capaz de estirar la imagen de un bocado. Cada cual que se quede
con el significado que quiera. A mí me dejó marcado lo de la madrastra de
Blancanieves. Qué bicho. Y lo peor de todo es que en la versión original del
cuento era su propia madre. Como para mear y no echar gota.
José María García Linares (10/10/2011)