
En estas fechas tan borbónicas, es decir, tan señaladas y llenas de satisfacción, las pequeñas ciudades parecen despertar de su letargo otoñal y respiran esperanzadas, ojalá todo el año sigua igual, ojalá siempre estén de vuelta los estudiantes, por Dios que el Alcalde no nos quite las luces, etc. Qué bonita es la inocencia, que dicen nuestros mayores. Claro, así el ocho de enero esto es un crujir de dientes.
Mi parienta y yo no hemos podido dar la vueltecita este fin de semana porque hemos estado secuestrados por el Concurso de Traslados. Aquí en Canarias, por el desfase horario, digo yo que será por eso, hemos tardado unas quince horas en cumplimentar la solicitud por Internet, porque las lumbreras de la Consejería de Educación han puesto a nuestro alcance una página web arcaica, lenta, desesperante y que ha estado caída durante todo el puente pasado. Hasta cuarenta y cinco minutos ha llegado a tardar una compañera en introducir un centro en su solicitud. Algo vergonzoso. Además, con esto de hacerlo ahora todo telemáticamente, uno no sabe a quién llamar para que le solucionen los problemas. Los responsables administrativos viven escondidos tras las pantallas de los ordenadores y no hay forma humana de dar con ellos.
Así que aquel texto de Larra tan conocido y español de “Vuelva usted mañana” ha pasado a convertirse en un “Búsquese la vida” digital y posmoderno. Qué angustia, qué nervios y qué indignación. Hemos llegado, fíjate qué extremos, lector, a beber vino y gintonics para poder pasar con dignidad este mal trago. Quién nos devuelve a nosotros nuestro paseíto por el centro, amarraditos los dos, espumas y terciopelo, y con los monederos pelados el sábado por la tarde.
Y ya es domingo. Acabo de levantarme con todo tipo de dolores musculares. En el cuello, en la espalda, en los antebrazos, de tantas horas como hemos estado delante del ordenador para poder concursar. Me llama hace un rato mi señora para decirme que hoy sí, que hoy me saca, que estamos apolillados y olemos al baúl de La Piquer. Más contento que unas Pascuas te dejo, lector amigo y confidente, porque estoy reventado y sin ideas, exprimido y desasosegado, y casi no doy ni para una columna. Voy a airearme, a llenarme la vista de luces y a no comprar nada.
José María García Linares (13/12/2010)