
En este país
hemos acostumbrado muy mal a las familias en dos cuestiones fundamentales. La
primera, que todo lo referido a la educación debe ser gratis. Hay dinero para
unas zapatillas, para la tarifa plana de internet en el móvil del crío, para un
ordenador portátil, pero no lo hay para los libros de texto, y por eso se han
estado regalando, parcialmente, tanto a quienes podían pagarlos como a quienes
no, en vez de garantizarle la totalidad del material a aquellos que no podían
permitirse su adquisición. Y en segundo lugar, las familias se han acostumbrado
también a que desde por la mañana hasta bien entrada la tarde, la institución
escolar se encargara del cuidado de sus hijos. Se les daba el desayuno, la
comida y la merienda. Hasta la siesta se ha llegado a hacer en los centros de
enseñanza. Ayer se recogían testimonios en los medios de comunicación realmente
asombrosos, si los analizásemos con sesera y con calma. Varias madres, incluso
especialistas, clamaban porque el almuerzo en el colegio era, posiblemente, la
única comida en condiciones que los chicos y chicas hacían a lo largo del día.
Cómo iban a llevarse ahora los estudiantes el tupper con los macarrones fríos a
la escuela, cómo no iban a tener, al menos, una comida caliente al día…
Más allá de que se pague o no la comida de los
colegios, más allá de que lleven el filete empanado y correoso en la
fiambrerita, lo terrible de la situación, al menos desde el humilde punto de
vista de quien esto escribe, lo realmente dramático es que se pelee no para que
el niño pueda comer en su casa, sino para que lo haga en la escuela. Es decir,
hemos interiorizado que nuestros hijos tienen que comer en los colegios, y
además de forma sana, sin bollería industrial, fritos ni chuches, que tienen
que educarse en el colegio, que tienen que descansar en el colegio y que tienen
que solucionar sus problemas en el colegio. Evidentemente no lo hacen porque
sus padres no quieran tenerlos a su lado (aunque son muchos ya los casos en que
sí que es así). Los niños comen lejos de sus familias porque en este país no se
hace nada para conciliar la vida laboral con la familiar. Miles de chicos
crecen solos, se hacen adolescentes solos, aprenden a vivir solos y acaban
convirtiéndose en desconocidos para sus progenitores. Basta ver el horror que
la mayoría de padres y madres sienten con la llegada de las vacaciones. Si de
ellos dependiera, jamás habría periodos vacacionales.
Recuerdo que mi madre me preparaba la fiambrera
cuando íbamos de excursión a los pinares de Rostrogordo. Era un día especial.
La ausencia de mis padres hacía la jornada extraordinaria. No te vigilaban, no
te azuzaban para terminarte las lentejas, no ten mandaban sentarte a hacer la
tarea. No quiero ni imaginarme cómo será la vida de un chaval cuando lo extraordinario
sea comerse las mismas legumbres pero en compañía de su familia.
José María García Linares (11/09/2012)
No hay comentarios:
Publicar un comentario