viernes, 27 de febrero de 2009

MÁSCARAS

Los últimos compases apagan la noche de Cádiz, asoma la mañana arriñonada en Santa Cruz de Tenerife y todo el jolgorio, la diversión y el desenfreno parecen evaporarse como una nube rosa, de caramelo, risueña, que va perdiendo consistencia conforme se eleva por encima de la vida de los hombres. El carnaval termina, don Carnal se aleja, cansado y victorioso, mirando de reojo a doña Cuaresma, cada año más desmejorada, agria y cenicienta. Llega el tiempo de la tortilla de patatas, los garbanzos con acelgas y las gambas a la plancha, esto es, tiempo de sacrificio y recogimiento.
Seguimos, sin embargo, asistiendo a bailes de máscaras, sobre todo ahora que tan cerca están las elecciones autonómicas, que por cierto tiene uno la sensación, con la que está cayendo,de que quienes se enfrentan no son socialistas y populares. “Yo no sé a quién votaré, si a los gallegos o a los vascos”. Menudo lío. Como les dé también por exigir el catalán, estamos aviados.
Rajoy con su careta de risa boba, Zapatero con sus cejas postizas, Zaplana disfrazado de María Dolores de Cospedal y Leire Pajín, tan sosita ella, disfrazada de sí misma. Menuda murga. Y venga mítines, papelitos y aplausos estúpidos en esas carpas circenses ( ¿habrá cosa más tonta que intentar convencer a los que ya están de tu parte? Qué ganas de ver a Magdalena Álvarez, cuando vuelva de Siberia, llevándose a su terreno con la habilidad que la caracteriza a los del PP y a Celia Villalobos, con ese don de la palabra, a los de PSOE. Malagueñas salerosas, sí señor). Política de chirigota y de comparsas, nunca mejor dicho.
Para disfraces, de todas maneras, yo me quedo con los que se han lucido en Hollywood el pasado lunes. Qué gasas, qué sedas, qué plumas. Auténticas reinas del carnaval (ay, la Jolie). Por fin a nuestra Penélope le llegó su Oscar, tan merecido y tan escurridizo. Seguro que tejía sus sueños por la mañana, mientras rodaba con Almodóvar Los abrazos rotos en Lanzarote, y por la noche la oscuridad y la humildad los deshacían, para volver a creerlos y crearlos a la mañana siguiente, en esa Ítaca maravillosa tan parecida al deseo. De Alcobendas al Paraíso. Nos alegramos por ella, aunque aquí en España somos tan españoles que la pobre duró en las portadas de los medios de comunicación na' y menos, como dice mi madre, eclipsada y sustituida (Penélope, no mi madre) por Mariano Fernández Bermejo. Esto sí que es un perdigonazo a la cultura, y lo demás, tontería. ¿De qué hablará ahora el otro Mariano en la campaña electoral? La culpa la tiene Trillo (el que no se fue por el escándalo del Yak 42, manda huevos), defensor a ultranza de la moralidad, los principios y la responsabilidad políticos, por haberle pedido la dimisión al ya ex ministro.
El carnaval, a pesar de incinerar a la sardina (mucho más higiénico y moderno) continua en Internet. Me he abierto una cuenta hace muy poco en Facebook, una de esas redes sociales que, parece, ahora tienen la culpa de casi todo (con lo fácil que es darle al botón y cerrar la ventana). Allí llegas, metafóricamente, claro, y puedes inventarte una identidad completamente nueva. Y encima, hacer amigos. Algunos dicen que eso es construir una mentira, otros que no es más que la interpretación de un papel, y que se puede ser muy coherente representando ese otro yo, o esos otros yoes. Es el tiempo de las identidades líquidas, que decía Bauman, en donde los límites de lo que somos parecen diluirse, se dejan llevar no se sabe a dónde. Época de máscaras, qué duda cabe. Yo he colocado mi foto, porque no tengo gracia para disfrazarme, pero ayer estuve a esto de convertirme en Brad Pitt no para ganar un Oscar, sino para tener cerquita a mi Angelina.
José María García Linares

miércoles, 18 de febrero de 2009

TODOS LOS NIÑOS, MENOS UNO, CRECEN


TODOS LOS NIÑOS, MENOS UNO, CRECEN

“Todos los niños, menos uno, crecen. Desde muy pronto saben que van a crecer, y Wendy lo supo de la siguiente manera: un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en el jardín, cogió una flor y corrió con ella hacia su madre. Supongo que en ese momento estaba encantadora, porque la señora Darling se llevó la mano al corazón y exclamó: “¡Ojalá pudieras quedarte así para siempre!” Fue todo lo que ocurrió entre ellas, pero desde ese instante Wendy supo que tenía que crecer. Todos nos enteramos de eso a los dos años. Los dos años son el principio del fin”. Así comienza Peter Pan y Wendy, de James M. Barrie. Es una de mis historias favoritas. Lo fue en mi infancia, sobre todo por el contenido fantástico que atesoran sus personajes y la trama en sí, y lo es ahora porque creo que pocos han logrado recoger en un texto lo que significa o puede significar el paso del tiempo. En la escuela, es cierto, nos repitieron hasta el aburrimiento que nuestras vidas eran los ríos que iba a dar en la mar, que es el morir, pero a pesar de la grandeza de Jorge Manrique, a nuestra edad, por entonces, Peter Pan era muchísimo más asequible, porque mezclaba esa verdad con toda la magia habida y por haber y hacía mucho menos pesada la carga, además de que con esos años la mayoría de los niños se sienten eternos.
El temor a crecer, a envejecer, a olvidar. Qué bien escrita está la última novela de Ana María Matute, Paraíso Inhabitado. También su protagonista es una niña y también hay momentos en los que llegas a creer que es posible detener las agujas del reloj y de que Adri permanezca así, feliz, de lectura en lectura y de juego en juego con su compañero, para siempre. Sin embargo esa infancia paradisiaca se va deshabitando poco a poco, y apenas unas luces van quedando a lo lejos, en la distancia, como el único hilo capaz de amarrar el recuerdo. Es una novela magnífica, como no podía ser de otra manera. “Tal vez la infancia es más larga que la vida”, dice en un momento Adri, ya adulta. Vivimos mirando lo que fuimos, sabiéndonos cada día más lejos de nuestro pasado, que jamás nos abandona. Ese “nosotros vivimos de lo pasado y perecemos en lo pasado” que decía Goethe. Siempre seremos niños arrancados de nuestra infancia.
Ha llegado recientemente a la cartelera de los cines El curioso caso de Benjamin Button, en donde el protagonista, interpretado por Brad Pitt, nace con el aspecto de un anciano de ochenta años, con sus dolencias, y con el paso del tiempo va rejuveneciendo, es decir, va recorriendo el camino en dirección contraria, aunque al mismo sitio. Con un aspecto de setenta conoce a una joven de unos diez años, de la que se enamora y con quien compartirá parte de su vida una vez que las edades hayan llegado al mismo punto, como dos trenes que, uno frente a otro, se cruzan en un mismo punto (breve, eterno) para seguir cada uno el sentido de las agujas de su reloj, una hacia delante, otro hacia atrás. Es una vuelta de tuerca.
¿Alcanzamos la madurez, no sólo física sino intelectual, al final de nuestra vida? ¿Hemos desarrollado todas nuestras capacidades y alcanzado todos nuestros objetivos? ¿Y si fuese al revés? ¿Y si el final es el deterioro de la perfección con la que vimos la primera luz? ¿Y si lo que hemos realizado a lo largo de los años ha sido lo único que hemos podido hacer de todo el abanico de posibilidades que se nos ofreció al principio? Un nuevo Peter Pan achacoso y arrugado, un Nunca Jamás que es la vejez, el pánico a hacerse cada día más joven y ese vuelo fascinante, en definitiva, que es vivir, a pesar del tiempo.

José María García Linares (18/02/2009)

miércoles, 11 de febrero de 2009

VACACIONES SANTILLANA


Es alentador comprobar, para un docente, el altísimo grado de implicación que la sociedad y el Estado españoles están demostrando en las últimas semanas en materia de educación. Qué orgullo al abrir los periódicos y encontrar todo el debate reducido a la lucha Religión/Educación para la Ciudanía, o lo que es lo mismo, como siempre en estas tierras, Partido Popular/Partido Socialista (o estás con nosotros o estás contra nosotros), o encontrarlo también centrado en el largo periodo vacacional de los profesores y los alumnos. Sí señor. Cuestiones de primer orden. Eso es lanzarse a la piscina, nunca mejor dicho, y empaparse hasta las cejas.
Qué rabia me daba de pequeño ir al colegio. No era yo como estos niños postmodernos de hoy en día que se aburren en sus casas y están locos por ver a sus amiguitos en el recreo. No. Yo, en caso de verlos, prefería hacerlo en el parque, en el Club o en la playa. Al aire libre, en grandes espacios, corriendo, saltando y sin muros ni verjas ni señores mayores que te contaban lo mismo que podías leer en esos libros, salvo contadas excepciones que lograban captar tu atención y llevarte de aquí para allá en un viaje fascinante. Cuando llegaba el mes de junio, ya tenía esa cosilla en mi estómago cada vez que veía el cielo azul o sentía esa luz melillense tostadita en el cogote al pasear por la Avenida. Olía a verano, a paz, a felicidad. En los escaparates, esos cuadernillos espantosos de Santillana para repasar y divertirse (por Dios) en julio y agosto. A mis hermanas y a mí no nos hacían falta, que ya estaban nuestro padres poniéndonos todos los días cuentas y copias, para que no se nos secara, a pesar de los chapuzones, la mollera.
El pasado día cinco de febrero el diario El País publicaba un artículo titulado Demasiadas vacaciones en donde se criticaba no sólo las de los profesores, sino también el poco número de días lectivos de los estudiantes. Algunos proponían ahí alargar el final del curso, otros adelantar su comienzo y, como telón de fondo, el problema que tienen los padres actualmente para conciliar su vida laboral con la familia, al parecer responsabilidad de los centros y no de sus empresas, esto es, qué diantres hago con la niña-molestia cuando le den las vacaciones. ¿A dónde la mando? Y leía yo estas argumentaciones mientras hacía la cola en el Ayuntamiento para recoger un certificado. De cuatro mostradores, sólo funcionaba uno. Hay que ver lo que tardan en servir los desayunos en las cafeterías.
Las vacaciones de nuestros jóvenes son distintas a la de los chicos y chicas de otros países, algo evidente porque aquí no se puede tener a treinta estudiantes metidos en un aula sin cortinas y sin aire acondicionado a finales de junio. El calor es insoportable. Comparar esta situación con la finlandesa o la sueca es poco provechoso. Pero es que a principios de septiembre la temperatura, al menos en el sur de España, es igual, agobiante. Los que piden adelantar el comienzo al día uno del mismo mes olvidan también que en esas fechas están los exámenes de recuperación y que las plantillas de profesionales están incompletas. Lo que escuece de todo este asunto es que el debate haya saltado nuevamente a los medios por motivos que nada tienen que ver con la enseñanza. Las familias quieren tener los centros más tiempo abiertos para tener allí aparcaditos y cuidaditos a sus criaturas (que, curiosamente, son suyas. Algunos lo olvidan). Y digo aparcados porque da igual que aprendan más o menos (casi nadie trae la tarea hecha), que no haya ordenadores, que haya saturación, que las ratios sean elevadísimas, que falten recursos de todo tipo. Lo que importa, lamentablemente, es que estén allí vigilados porque así no estarán fuera, solos, de ahí la propuesta de varias CCAA de tener los colegios e institutos abiertos por las tardes, o casi de madrugada. La docencia tiene una función fundamental y valiosísima, si se deja ejercerla: la de enseñar. Todo lo que se salga de ese marco no es tarea de los docentes.
Tal y como se están poniendo las cosas, un alumno puede llegar a su colegio a las siete de la mañana, en régimen de acogida temprana, recibir sus seis horas de clase, comer a las dos y media y realizar las actividades extraescolares hasta las seis de la tarde, supuestamente controlados por personal distinto al de los profesores, nos dicen los expertos. Esto huele a podrido. Todos estos pedagogos, presidentes de no sé qué, coordinadores de no sé cuánto que, o están liberados o no han dado clase en su vida, ¿no tienen nada que decir sobre el hecho de tener a un chico encerrado diariamente casi doce horas en un centro? La solución a los problemas sociales no la tiene en exclusividad la escuela. ¿El Estado no va a hacer nada para que los empresarios flexibilicen los horarios y turnos de sus trabajadores, para que puedan disfrutar de sus hijos? Ya está bien de echar sobre la enseñanza todas las responsabilidades sociales. A este paso, en cinco años, estaremos presentes en los partos para registrar la llegada de un nuevo alumno y evitar el fracaso neonato y el absentismo en las incubadoras.
José María García Linares (11/02/2009)

martes, 3 de febrero de 2009

REBAJAS

“¿Crisis? Pues yo no sé dónde estará la crisis, porque vamos”, me dijo el sábado pasado una cajera de un Mercadona. Tenía toda la razón, porque aquella cola era interminable y el establecimiento estaba a rebosar. “Comer tendremos que comer, mi niña”, apostilló una señora que venía detrás de mí.
Claro, uno ve el telediario o lee El Mundo y le sale hasta sarpullido, y no digamos si, mientras se toma el café, escucha la SER, Punto Radio u Onda Cero (la COPE de Jiménez Losantos no es radio, es palabra de Dios y no hemos de mezclarla con la de los hombres), entonces es mejor volver a acostarse hasta el día siguiente.
Antes de dejarme caer por el súper, estuve en El Corte Inglés. Esperaba encontrarme con Patricia Conde, la que anuncia este año las rebajas, pero fue imposible. Había tanta gente (para que se lo quede el Estado o los bancos, me lo llevo puesto) que no atisbé a verle la cabeza, así que lo dejé y puse rumbo a la sección de libros, en busca de Elias Canetti (este no era tan guapo, pero seguro que escribía mejor). No sé por qué, pero parece que las rebajas son sólo cuestión de trapos. Hombre, te puede hacer falta una chaquetita, algún pantalón de deporte, una camisa (no una camicia, esto es, las que venden en las franquicias, llámese Z o S, y que aguantan una boda, un lavado y un par de dosis de desodorante), una bufanda para estos fríos, pero bueno, no todo en la vida es la ropa. Como no vayas a la sección de libros de bolsillo es imposible comprar una obra más o menos actual un poquito más barata. Luego dicen que la gente no lee. Cualquier novedad ronda ya los 20 euros. Aún así, allí parecía que estaban regalando Los hombres que no amaban a las mujeres (es muy entretenida, la novela, las cosas como son. La segunda parte es aún mejor). Lo cierto es que el personaje de Lisbeth Salander encandila. Una hacker anoréxica y, por lo que parece, afectada del síndrome de Asperger, que trabaja como freelance para una empresa de seguridad y que en sus ratos libres se dedica al espionaje, pero no a un espionaje chapucero y casposo como el de la Comunidad de Madrid, no, este es de altos vuelos, canela fina. Total, que cogí a mi Canetti y nos fuimos los dos a un ciber a sacar la tarjeta de embarque para el vuelo del domingo.
Por lo que se ve, las rebajas tampoco llegan a los billetes de avión. Cien euros, con descuento de residente, me sale ir de una isla a otra. He leído en la prensa que Air Europa parece que va a entrar en Melilla. Buena notica, por supuesto, aunque dudo que se produzca ese abaratamiento deseado. Llegarán a un acuerdo y las dos compañías pondrán los billetes al mismo precio. Aquí en Canarias pasó lo mismo hace unos años. Operaba, en exclusividad, Binter Canarias (cada vez que me monto en uno, a pesar de que son los nuevos y nada tienen que ver con los antiguos, ni en tamaño ni en forma, se me abren las carnes, recordando esos cacharros que teníamos los melillenses hasta hace poco) en los vuelos interinsulares hasta que entró Islas Airways. Hoy podemos volar a todas horas, y hasta nos dan chocolatinas, pero al mismo coste sea la compañía que sea. Hacen el mismo ruido, se mueven igual y son igualmente estrechos. ¿Por qué va a salir uno más barato que el otro? Lo justo es que sean igual de caros, ¿no? Hay que ver cómo somos. Quejándonos de vicio.
José María García Linares

miércoles, 28 de enero de 2009

HURACANES


Cada vez que veo en la tele imágenes de los efectos del viento o esos tornados grisáceos arrasando llanuras en Estados Unidos me acuerdo del comienzo de El Mago de Oz. Hoy, si le preguntas a un joven qué es El Mago de Oz te contestará, probablemente, que un grupo de música gallego de estética heavy que fusiona sonidos celtas con otros ritmos más estridentes. En mis tiempos, sin embargo, era la historia de las aventuras de Dorothy, su perro Totó, un espantapájaros que quería un cerebro, un hombre de hojalata empeñado en tener un corazón y un león cobarde que anhelaba por encima de todo ser valiente. En el reino de Oz se los encuentra Dorothy después de que un tornado arrancara y se llevara su casa con ella y su perrito dentro, volando desde Kansas, y aterrizara encima de la bruja del Este, cuyos zapatos de plata o de rubíes, tras comprobar que estaba muerta y quitárselos, ayudarán a la joven a regresar a su hogar una vez recorrido el camino de losetas amarillas (mítica esa Judy Garland cantando “Over the Rainbow”)
Creo que por eso me da tanto miedo el viento, sobre todo de noche, y no es ningún tópico. Esa casa de madera por los aires… Si, además, hay cerca algún toldo, entonces no pego ojo.
Llevamos un mes de avisos del Servicio Nacional de Meteorología, más o menos acertados, a propósito de nevadas y fuertes rachas de aire y, aunque los vaivenes del tiempo no entiendan ni de ciencia ni de predicciones, las advertencias de los meteorólogos deberían no ser tomadas tan a la ligera, de una manera tan gratuita, sino como lo que son, llamadas de atención que hay que tener en cuenta. Es cierto que luego los servicios de emergencia tardan, las máquinas quitanieves son pocas, pero no lo es menos que son miles los coches atrapados cuyos usuarios, la mayoría de las veces, han hecho oídos sordos a las informaciones.
A pesar de la alerta naranja, en un primer momento, y roja después por fuertes vientos en Cataluña, estos niños, fallecidos desgraciadamente cuatro de ellos y heridos otra docena, acudieron a sus entrenamientos deportivos sin hacer mucho caso de las advertencias ni de las condiciones climáticas. Ellos o sus familias. Ya empiezan a exigirse responsabilidades por el derrumbamiento del pabellón y, aunque puedan ser necesarias o justas, dichas responsabilidades también lo son de los propios ciudadanos. Incluso voces que preguntan cómo los monitores no vieron que hacía mal tiempo… No podemos pretender que sólo los Ayuntamientos, las CCAA o el Estado sean quienes respondan de nuestros actos, de nuestra propia vida. Las instalaciones deportivas, por poner un ejemplo, no están hechas a prueba de vientos de más de 220 kilómetros por hora porque no es lo normal en esta zona geográfica. Cuando la tormenta tropical Delta arrasó el norte de Tenerife llegó a levantar parte de la estructura del techo del aeropuerto. Se avisó de que la gente permaneciera en sus casas y aún así… ¿Quién no ha visto a los típicos irresponsables en los paseos marítimos y en los puertos empapados por las olas que saltan los muros y los diques? Ellos se ríen pero maldita la gracia.
Son lastimosas las imágenes de los escombros, de los familiares destrozados, de los heridos. Lastimosos y aterradores estos ataques del tiempo.
Un niño muerto siempre es una derrota.
José María García Linares

miércoles, 21 de enero de 2009

DIETAS


A pesar de que diciembre se alargue mágicamente hasta la festividad de los Reyes, el mes de enero siempre me ha resultado demasiado largo por lo que tiene de desalentador y de penoso. El frío, en mi caso, es lo de menos, porque las bajas temperaturas me ayudan a respirar mucho mejor que los sudores veraniegos y eso, para un asmático convencido como éste que hoy escribe, es, más que un punto a favor, casi una liga.
Enero me desanima porque es tan pesado como la espera en el aeropuerto, rumbo a casa y al trabajo, o desesperante como la cola en el mostrador de Clever para reclamar el equipaje (es el tercer año consecutivo que me pierden la maleta. Ni huelga, ni nieve, ni niebla. Iberia). Pero, sobre todo, mi enero, y el de muchos, es triste y patético porque es el mes de la dieta. Se me llena el estómago de gusarapos de tanto té sin teína, jamón sin sal, queso sin grasa y vida sin gracia. Una nevera no en rebajas, sino rebajada.
Lo mío, en vez de un tratamiento de choque, es ya una costumbre sana (basta de ser políticamente correctos. Es insana. Voy lampando por un pedazo de chocolate, onza que diría la gente fina, y el kiwi me produce acidez).
Después de las Pascuas media España está intentando o bien abrocharse el cinturón, o bien apretárselo, pero en cualquier caso, la hebilla no llega al agujero deseado.
Ha pasado el tiempo de los buenos deseos, de la felicidad y la fraternidad y ahora le toca el turno al endocrino, a la alcachofa en caldos y cápsulas, los rooibos, las manzanas en los recreos, el café con sacarina, el pan en sueños y a las novenas en Naturhouse. Es algo que ya se intuía, claro, a ver quien no ha oído, o dicho, durante las Navidades pasadas la típica frase de “hay que ver qué hartura de comer” o “a ver si terminan las fiestas que me estoy poniendo…” como si alguien nos hubiera apuntado en la cabeza para que comiésemos hasta reventar. Que la delgadez es un síntoma de coquetería es algo ya indudable. Es cierto que los kilos de más no ayudan ni en tiempos de crisis, pero esta presión de y por la imagen y la belleza resulta insoportable.
Qué rápido cambian los valores. Recuerdo con total claridad cuando, siendo niños, mi tía Maruchi nos traía a casa una de sus monas cubiertas de azúcar y me plantaba dos besos ensordecedores para, a continuación, decirme, tan orgullosamente, “hijo, qué guapo estás, qué gordo”. Y eran verdad las dos cosas. Pero para ella, que había pasado hambre después de la guerra, la gordura era salud. Como sus coloretes.
Así que no sé a qué se debe el revuelo que ha montado la foto de Soraya Sáez de Santamaría en la portada de El Mundo. Si no se llega por las ideas, habrá que hacerlo por la imagen. Miren a Beckham en el Milán, sentando a Ronaldinho.
José María García Linares (21 /01 /09)

miércoles, 14 de enero de 2009

LA BATALLA


Los nubarrones del cielo anunciaban tormenta, aunque para él la grisura cada vez más espesa era el signo inequívoco de sus malos presagios. El silencio espeso, el cosquilleo de su estómago. Si atacan, hoy será el momento elegido.
Al igual que en su corazón, la intranquilidad empezaba a apoderarse de todos los rincones de la ciudad. Lo que al principio era sólo un murmullo se convirtió en una confusión de voces, de alaridos y de olor a miedo que le puso los pelos de punta, sobre todo cuando escuchó a sus espaldas a varios hombres anunciar que, efectivamente, el enemigo se estaba acercando.
“No pierdas la calma. Resistiremos. Estos muros están preparados para defendernos. Así lo han hecho durante muchos años. También lo harán ahora”, pero aunque las palabras de su protector le infundieran algo más de confianza, no estaba seguro de poder lograrlo. “Soy demasiado pequeño”, pensó.
El primer proyectil impactó a pocos metros. Se giró muy rápido, asustado, y tuvo la sensación de que le tiempo se detenía. Humo, fuego, cascotes enormes y cuerpos que ascendían girando muy lentamente como las aspas de un molino, con ese movimiento propio de las cosas imposibles, porque para él era inimaginable ver a un niño salir despedido desde un balcón hecho añicos. Supo, en ese momento, que los dioses lo habían abandonado a su suerte.
Cuando se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, recuperada la conciencia del tiempo y de su propio pavor, corrió en busca del resto de sus compañeros. Las mujeres de rostros sangrantes cargaban a sus hijos en busca de los refugios, llevando encima también el peso de saber al marido muerto, mientras sus gritos se confundían con el estruendo de nuevas explosiones. Entonces los ataques empezaron a llegar, también, por aire. Los miró aterrado. Había oído hablar de ellos, pero nunca los había visto con sus propios ojos y tan cerca. Aquellos monstruos grisáceos confundían su piel con la del cielo mientras mordían el aire y ensordecían a la población con sus chillidos.
Las puertas de la ciudad cedieron. Pippin, el pequeño hobbit, recordó a Frodo. Debían aguantar por él, como él soportaba la carga del anillo. Buscó a Gandalf el blanco y se puso a su lado. Su espada parecía ridícula al lado del báculo del mago y de las armas de quienes lo rodeaban. Ya no había marcha atrás. Los orcos aparecieron al final de una de las calles…
Sergio recordaba esta escena con muchísima claridad. Además de leerla, la había visto en la versión cinematográfica, repuesta estas Navidades. Le dio al televisor, fue a la estantería y cogió el tercer volumen de la novela. Allí estaba el poema más estremecedor de El Señor de los Anillos: “La muerte se llevó a nobles y a humildes / desde la mañana hasta el término del día. / Un largo sueño duermen ahora / junto al Río Grande, bajo las hierbas de Gondor. / Las aguas que corrían rugiendo y eran rojas / son ríos grises ahora como lágrimas, de plata centelleante; / la espuma teñida de sangre llameaba al atardecer; / las montañas ardían como hogueras en la noche; / rojo cayó el rocío en el Rammas Echor”.
Tragó saliva mientras le daba voz al Telediario.

José María García Linares (14/01/2009)