lunes, 21 de septiembre de 2009

LA LLUVIA


Llegaron antes de ayer. Se instalaron en el horizonte y no se mueven. No hay ni una mota de aire enganchada en las palmeras. La mirada se vuelve gris. El pasado luminoso de una orilla va cayendo en ese pozo oscuro y profundo de la memoria en donde, al final, se va depositando todo lo que alguna vez nos hizo felices. También lo que nos entristeció, pero maquillado con tonos pasteles, con acuarelas tenues.
Desde la ventana parecen enormes, superlativas, de formas caprichosas que van metamorfoseándose conforme nuestra imaginación les busca parecidos razonables. Mirar al cielo (mirar el cielo) es un gesto milenario, tan humano como el propio lenguaje. Todo lo que viene de arriba conserva un sustrato mágico, misterioso, increíble. Cuando rompen las nubes a llover, un trozo del tiempo también salta por los aires.
Los cambios estacionales traen consigo soplos de novedad. Incluso el verano se hace largo, con todo ese azul que se acomoda en nuestra boca y no nos deja respirar. Necesitamos sentir que la vida cambia, que algo se mueve, que vendrán tiempos mejores cargados con mil cosas, mil oportunidades que nos sacarán de la rutina. Luego, infelices de nosotros, el otoño y el invierno traen lo mismo, inercia, horarios y demás. Por eso gusta quedarse con esos días valiosísimos en los que podemos ver que el mundo vive, que muta, que ofrece algo distinto.
Al poco de mojar los tejados y las calles, el olor de la lluvia se convierte en la fragancia de la vida. A mí me recuerda las mañanas de los sábados jugando al escondite con mis primos en el Parque Hernández. No nos íbamos aunque nos sorprendiera el chaparrón. Nos poníamos la capucha del chubasquero y seguíamos corriendo. Era un olor tan intenso que filtraba manos, ojos, lenguas. También, aunque eso se descubre muchos años más tarde, el recuerdo.
Los chubascos normales (no estas lluvias torrenciales de riadas y ruinas, de desgracias y muertes que han golpeado con violencia a varias regiones españolas estos últimos días), los que caen en estas jornadas de tránsito rumbo al otoño nos alivian, aunque sea en un primer momento y en lo más profundo de cada uno. Nos asomamos al balcón, sacamos la mano, nos sorprendemos, nos sentimos vivos.
Cada cual tiene su propia manera de vivir la lluvia. Oír su ritmo en los cristales, a media tarde, mientras leo echado en el sofá, es el regalo que tienen para mí estos comienzos. Luego hará frío, no se podrá salir a pasear y el mal tiempo acabará convertido nuevamente en esa costumbre odiosa que nos hará anhelar la primavera. Pero hasta que llegue ese momento, esta suave cortina de agua novedosa encharca mi mañana de domingo de serenidad y perfume.


José María García Linares (21/09/2009)

domingo, 13 de septiembre de 2009

BOTELLÓN, BOTELLÓN


Descubrí el botellón tarde. Antes de irme a estudiar a Granada, en la segunda mitad de los años noventa, no era yo muy dado a beber a la intemperie ni de trasnochar. No había salido aún de mi crisálida melillense, arropado como estaba por mi familia y mi propia percepción, todavía inocente, de lo que era mi vida. Recuerdo que la primera copa que me bebí con mi hermana, ya universitario, me dejó tan listo que tuve que apoyarme en una columna de un local de mala muerte tras haber bailado como Lola Flores. Con el tiempo te acostumbras (no a bailar como la Faraona, sino a beber), porque España es un país de bebedores, y, tal vez, éste sea un factor determinante que se olvida en el debate social a propósito del botellón. La gente joven bebe mucho, por supuesto, pero la que no es ya tan joven bebe lo mismo o más, lo que ocurre es que paga un precio económico superior por lo que ingiere. A ver quién bebe zumos o agua fresquita en una feria, en un bautizo, en una boda o en un bar de tapas. Un porcentaje muy bajo.
Por aquel entonces (cuando era estudiante), nos movíamos primero por un espacio cercano a la antigua estación de autobuses granadina y, años más tarde, por la plaza Gran Capitán. Estábamos allí con las bufandas, los guantes, algunos con su gorro, bebiendo y comiendo pipas a cero grados, incordiando a los vecinos. Cualquiera se pagaba un cubata en un pub de la calle Pedro Antonio. Cuando tuvimos piso propio, algunos amigos y yo nos mudamos a aquella amable sala de estar con calefacción, sofá y aparato de música, y continuamos allí haciendo nuestro particular botellón. No molestábamos a nadie, pero seguíamos bebiendo.
A las autoridades nunca les ha importado que los jóvenes beban. Perseguir el botellón por lo que a consumo de alcohol se refiere es un acto hipócrita y demagógico, porque lo de Pozuelo (no los actos vandálicos, puntuales y minoritarios) lleva ocurriendo en España desde hace décadas, es decir, beber en la calle. A nuestros políticos lo que les preocupa, y con razón, es el descanso de los vecinos, la limpieza de la zona y el respeto por el mobiliario urbano, pero no lo dicen. Vivimos, no lo olvidemos, en una sociedad del bienestar. Tan fácil como llevarse el botellón a un descampado, donde no se moleste a nadie. Sería interesante ver qué pasaría si, en lugar de hacerlo en la vía pública, la gente pudiera pagarse sus copas y beber en los locales. ¿Le preocuparía a alguien el consumo? Seguramente no. Ojos que no ven, corazón que no siente. La realidad, evidentemente, es otra.
Crecemos viendo beber a nuestros mayores, viéndolos brindar en las cenas familiares, en los bautizos y en las bodas, tomando las cervezas con sus tapas. Acabamos bebiendo, claro, aprendemos a beber. Es parte de nuestra cultura. Cuando era pequeño, la bebida, en mi familia, era cosa de mayores. Si ahora es asunto de menores es porque en las casas están fallando muchas cosas. Véase si no la sentencia de tres meses sin salir más tarde de las diez para los energúmenos de Pozuelo. En mis tiempos eran nuestros padres los que nos ponían una hora para llegar por la noche. Menudos jueces. Eso sí que eran sentencias. Cualquiera recurría. Y míranos qué guapos. Sin traumas.


José María García Linares (14/09/2009)

lunes, 7 de septiembre de 2009

RITMO


Hay que ver cómo cuesta coger, de nuevo, el ritmo. Te acostumbras a los paseos matinales por la playa, al café de las cuatro y media frente al mar, a disponer de parte de la madrugada para leer o escribir, y casi se te olvida que es tan solo un espejismo, un breve respiro que esta vida mal diseñada parece concedernos. Es esa sociedad del progreso la que nos ahoga y nos esclaviza; esa sociedad del bienestar que se ha olvidado de sus propios ciudadanos a favor de una producción y un beneficio material. Vivir se convierte en trabajar, y ahora que el trabajo escasea, muchas vidas están al borde del abismo.
El síndrome postvacacional, dicen los expertos, también tiene su propio tempo. Los días previos a la vuelta está uno ya que no pega ojo; suspira bajo la sombrilla mientras el tiempo se le filtra entre las manos y todo adquiere un regusto a antiguo, a ya pasado, que ni con la cerveza. Simple y llanamente, al menos para quien les habla, es pena y, tal vez, la soledad de las ciudades colapsadas por horarios y semáforos.
Nada más girar la llave y abrir la puerta llegan de golpe rostros, voces, luces y olas rotas en los tobillos. La casa está a oscuras, silenciosa, como un animal dormido que hubiese casi olvidado a su dueño. El horror de la maleta por deshacer, cuando fue bendición llenarla hace ya tanto, parece que en otra vida. El pasillo largo, sin nadie al fondo que te dé los buenos días; el sofá, excesivamente grande y vacío, como una nevera agonizante… Pena, lo que decía antes. Mientras vas colocando la ropa, barriendo lo justo el suelo y ordenando los cajones, se derraman la nostalgia y la melancolía. Y mira que luego son difíciles de quitar sus manchas.
Los que ya han cogido su ritmo son los del G-20, los verdaderos, no los del programa de Mejide en Telecinco. Ojalá estos ministros fueran como Lidia Lozano o Belén Esteban. Hay que verlos tan enchaquetados decidiendo entre risas quién pasa penurias con la hipoteca y vislumbrando, entre vino y canapé, el final del túnel de la crisis.
María Dolores de Cospedal también ha vuelto de vacaciones con más energías que nunca. Tantas, que no se va a ir de luna de miel en unos días como tenía pensado. La número dos del PP se nos ha casado en segundas nupcias. Hay cosas que no hay quien las entienda, porque esta señora, divorciada, casada nuevamente y con un hijo concebido en los laboratorios, representa a un partido que luego apoya a los obispos en sus manifestaciones en defensa de la familia cristiana. Vivir para ver.
La que no ha parado ni en verano ha sido Trinidad Jiménez, bien acompañada últimamente por el ministro Gabilondo. Ojalá que este consenso entre Comunidades Autónomas fuera el mismo para diseñar de una vez una ley educativa igual para todos los españoles, el deseado pacto por la Educación. Aún así, parece también un espejismo vacacional, porque ya hay CCAA que están adelantando comienzos de cursos, que están diseñando una política de incorporación de nuevas tecnologías en las aulas diferente a la de otras regiones, que van a cofinanciar los ordenadores, etc. Veremos a ver el ritmo que lleva la gripe A, por ahora lento, afortunadamente, en mortalidad y velocísimo en prevención y gasto. Me huele a mí que más de uno va a sacar una buena tajada de tanta mascarilla y jabón desinfectante.


José María García Linares (07/09/2009)

domingo, 30 de agosto de 2009

LA VUELTA AL COLE



Cuando comienza la Liga, algo acaba de romperse definitivamente. Se va sospechando conforme uno mira el calendario, ve la tele o mira el cielo. La luz se vuelve asmática y el mar se adormece. No es que el fútbol haya estado ausente este verano, al contrario. Los fichajes multimillonarios han alargado el final de la temporada pasada, han ocupado portadas de diarios y páginas web y sin apenas darnos cuenta el balón ha empezado a rodar de nuevo. Fue terminar el campeonato y empezar a hablar del siguiente el mismo día.
Cada vez es más difícil desconectar. Parece que vivimos en un tiempo continuo, sin principio ni final, en donde todo se repite incesantemente. El futuro ha acabado por apoderarse de los días del presente y prácticamente vivir se ha convertido en un planificar a medio y largo plazo. Mientras esperamos lo que venga, se nos escapan de las manos las mañanas, las tardes y las noches, y cuando se va agosto se le queda a uno la misma cara de bobalicón que cuando descubre que le han robado la cartera. Miramos atrás, buscamos el lugar en el que se quedaron nuestros baños, las cremas y las hamacas y nos estremecemos porque la vida pasa sin piedad y rápidamente.
Con la Liga llega en Melilla la Feria, y con la Feria el colegio. Septiembre es un mes cruel. Será calmo, tranquilo y todo lo que se quiera decir, pero se instala de sopetón con las obligaciones y su inflexibilidad como el tirano que da un golpe en la mesa y pone firmes a sus súbditos. Septiembre huele a libro de texto, a estuches, libretas y madrugón. Qué espanto. Cuando mi madre traía los libros recién comprados y los dejaba encima de la mesa del despacho de mi padre, recuerdo que al pasar para ir al comedor miraba de reojo por la puerta y sentía una pena y un coraje que sigo sintiendo hoy, a pesar de que ahora estoy al otro lado y que los libros no los compro, sino que me los regalan de la editorial. Es igual. Nunca he llevado bien empezar el curso. Íbamos a la Feria la familia y cuando regresábamos a casa con los almendrados y los peluches de la tómbola ya iba yo haciendo cálculos para ver cuántos días quedaban. Huía delante de mis ojos todo mi tiempo libre, mi ilusión y mis chapuzones. Qué duro se hacía desde septiembre verse sentado todos los días seis horas en una habitación mal ventilada durante nueve meses.
La vuelta al cole es inevitable, o era inevitable. Este año está el ambiente enrarecido, un volvemos pero no, una mosca demasiado grande tras las orejas pequeñas. Las Comunidades Autónomas están asustadas con la gripe A, la OMS un día dice una cosa y al siguiente se desdice, la pobre Trinidad Jiménez está cada vez más ojerosa y hasta El Corte Inglés este año ha lanzado una campaña publicitaria descafeinada. ¿Volver al cole no era la mejor aventura? ¿No era como una película de Indiana Jones? Estamos todos asustados, como es lógico. La Comunidad de Navarra va a comenzar el curso escolar escalonadamente, como si pudiera evitar así cualquier contagio. Lo cierto es que, ahora mismo, poco puede hacerse. Se habla de colectivos de riesgo, de porcentajes, de dosis. Si las vacunas llegan en noviembre… Habrá que ver cómo se gestiona el problema, porque tal y como están las cosas, y con las diferencias que existen entre las Comunidades Autónomas en materias de educación, sanidad o trabajo, no cabe duda de que se van a dar situaciones de desigualdad. Tendremos tiempo para verlo.
En fin, que se nos acabó el verano. Estoy haciendo mi maleta y encima no dejo de tararear Volver. “Sentir /que es un soplo la vida, / que veinte años no es nada, / que febril la mirada, / errante en las sombras, / te busca y te nombra. / Vivir /con el alma aferrada / a un dulce recuerdo / que lloro otra vez”. Buena Feria y buen comienzo.


José María García Linares (31/08/2009)

lunes, 24 de agosto de 2009

LA QUE SE AVECINA, VECINA




Hay que ver cómo están las vecinas de San Lorenzo con la plaza multifuncional. Agosto es un mes muy malo para los enfermos mentales, que se desquician por el calor; para las parejas, cuyos miembros acaban hartos el uno del otro (con lo bien que estaba ésta currando); y para las comunidades de vecinos, desesperadas, entre otras cosas, por las vomitonas que el hijo de la del segundo pega todos los sábados de madrugada a la entrada del portal, los chillidos de la ordinaria del ático y la bachata insoportable de los sudamericanos del tercero. Se acaba el mes, y los ánimos están cada vez más encendidos.
Aunque esté feo señalar, una de nuestras vecinas, la más apocalíptica y desventurada, le quita el sueño la proximidad de la feria. Para colmo de males, lleva todo el año aguantando ruidos, malos olores, pitadas de coches, botellones y demás incomodidades que la habilitación de espacios como éstos, tan céntricos, traen consigo. La otra, feligresa hasta las trancas de la cofradía de nuestro padre Imbroda, aplaude la ubicación porque tiene niños pequeños y lo pasan allí divinamente, juegan a la pelota, comen pipas con los amigos, fueraparte, como diría la divorciada del cuarto que deja la basura en el descansillo (no es machismo, es que ellas siempre se quedan con las casas), de la revalorización que una plaza como ésta supone para su pisito en la zona. La tercera vecina, en pos del orden y la diplomacia, da una de cal y otra de arena, porque una comunidad es como una familia, y hay que velar también por el bienestar del bloque.
No es por meterme, que a mí no me gusta criticar, pero habiendo visto durante el verano a la gente haciendo su botijo por las inmediaciones, a decenas de jóvenes vestidos y sin vestir duchándose en la fuente, como si aquello fuera un parque acuático (propio de ciudades subdesarrolladas), con el mar a escasos metros y a pseudocantantes gritando a las tantas de la noche, voy a tener que darle la razón a la primera vecina. Desde luego que, si yo tuviera allí mi casa, tendría las carnes abiertas de pensar en la que se me avecinaría con la Feria del Mar.
Me acuerdo ahora de mi vecina Esther y de su madre, Sampedro, que han vivido toda la vida debajo de nuestra casa y que estaban cada dos por tres subiéndonos arroz con leche, flan, roscos fritos y pinzas de la ropa, y me las imagino dando voces con mi padre por el patio poniendo de vuelta y media la plaza de los demonios mientras mi vecino, Diego, también pega los suyos porque el calentador es una mierda y no sale el agua caliente. Para escribir notitas estábamos. Nuestro barrio nunca tuvo el caché de San Lorenzo; ahora, mosquitos por un tubo, le digo a usted (como los que van a tener los próximos vecinos de la esquina del Paseo Marítimo, tan cerquita del río y de su peste, por muchos millones que valgan los pisos y los áticos, azoteas en mis tiempos).
De modo y manera que se llevan las casetas del Parque Hernández y las ponen en mitad del cogollo, al contrario de lo que se está haciendo en la mayoría de las ciudades españolas. Que se aguanten ellos un poquito que nosotros tuvimos lo nuestro, estarán pensando los vecinos de Avenida de la Democracia, Avenida Juan Carlos I, calle O’donnell, calle Luis de Sotomayor y demás vías céntricas, hoy relajados, serenos y felices, cuyo derecho al descanso se ha pisoteado sistemáticamente año tras año con la anterior ubicación ferial. Todavía tienen pesadillas con la Chochona engullendo una hamburguesa en Europa 3, ya tú ves.
Total, que les ha tocado la perra gorda a estos pobres con el Noray a un lado y la Multiruidos (parece un zumo) al otro. Tal vez sea una buena terapia ésta de las cartas. Desahogarse y sentirse escuchado es muy bueno, sobre todo cuando se sospecha que las autoridades van a hacer caso omiso a estas cuestiones (movieron la feria del parque no por el jaleo y las molestias, sino por la conservación de las palmeras, que tenía mandanga el estado en el que acababan). Toda mi solidaridad para quienes ven agredido su derecho al descanso. Les acompaño en el sentimiento y en estas lecturas ya casi septembrinas. Buena suerte.

José María García Linares (24/08/2009)

EL PRECIO DE LAS COSAS


Qué grima más grande. No puedo evitarlo. Eso de ver a los quinceañeros bañarse en la piscina con los calzoncillos al aire me da un repelús que ni les cuento. Dicen algunos que se los ponen limpios para tomar sus baños. Me extraña muchísimo, más cuando a esa edad los hábitos higiénicos, en muchas ocasiones, brillan por su ausencia. Tengo aquí enfrente a uno que no sé qué malabarismos habrá hecho con el bañador que lo lleva más abajo de donde la espalda pierde su nombre, en la mitad de las posaderas, vamos. Todos los días, a esta hora, las cinco aproximadamente, la espera sentado con su Puleva de fresa. Ella llega, esquelética, apenas sin sombra, y ambos se miran,se ríen con sus ortodoncias y se ponen morados de gofres con nata y chocolate. El amor adolescente. Él está trabajando duro, se nota a leguas. Es más feuchillo aunque está haciendo pesas. Un par de músculos y los calzoncillos pueden ser una buena estrategia. Aún así le está costando.
Todas las cosas importantes de la vida tienen un precio. A veces es meramente material, como ese piso que te hipoteca los sueños o la carrera de tus hijos en otra ciudad. En otros casos es mucho más íntimo, casi espiritual, como un beso, un buen recuerdo, una amistad sólida y duradera. En cualquier caso, se trata de aprender a valorar lo que tiene uno a su alcance. Aquí no queda del todo bonito hablar de costes, pero a estas alturas de la historia la cosificación de la existencia no tiene marcha atrás. Tanto es así que no nos conformamos con aquello que se consigue con facilidad, sino que preferimos invertir tiempo y medios, como si el gasto fuera directamente proporcional al objeto perseguido. Quien quiere comprarse un coche no permitiría que, al ir al concesionario, le regalaran un modelo determinado, así como el que no quiere la cosa. Pagarlo es impregnarlo de valía. Imagínense que Kaka´ no hubiese costado un céntimo al Real Madrid (estaría jugando en el Barcelona, permítaseme la malicia).
En una sociedad tardocapitalista, aquello que no vale dinero, que no tiene precio, está automáticamente devaluado, de ahí que bastantes de los servicios públicos no sean considerados por los ciudadanos en su justa medida. Son gratis y por eso pueden maltratarse. Son regalados, por lo tanto no tienen la misma importancia que otros exactamente iguales que sí que cuestan caro. Ocurre con la sanidad y con la enseñanza públicas.
Las Comunidades Autónomas han empezado a costear los libros de texto de los estudiantes de Primaria y Secundaria. Las más pudientes cubren la totalidad del gasto. Las restantes, sólo una parte. Un sistema educativo igualitario debe ser aquél que ofrezca siempre lo mejor a todos los estudiantes, que permita que quienes no tienen los medios suficientes puedan acceder a las mismas oportunidades que los que sí que gozan de ellos. Pagarles los libros a todos es una medida injusta. No se trata de que el rico reciba los mismos beneficios que el pobre, sino todo lo contrario. Que el que no tiene lo que poseen los más pudientes los reciba a través de becas, ayudas y demás.
Ya se ha visto en otras regiones que, al devolverlos al finalizar el curso, los libros están estropeados, rotos, sucios (lo de los plazos es otro cantar. El curso pasado llegaron a mi centro en la primera semana de noviembre). A esa edad, el sentimiento de propiedad privada está muy arraigado. Lo que no es de uno, da igual como se trate. Todo tiene un precio menos, al parecer, aquello que tiene que ver con la educación de los chicos. Cuesta el MP3, las botas de fútbol, el móvil, la pintura de labios… Debe de ser que el gasto educacional escuece más que otros. No lo sé. Lo que tengo claro es que me encantaría que me regalaran la cesta de la compra de principios de mes, la factura del agua y de la luz, la del teléfono y el ADSL, incluso el billete de avión con el que me marcho unos días a la Península. Estaré fuera dos semanas, casi, desconectado del mundanal ruido. En dos lunes nos volveremos a ver. El chico de los calzoncillos ha pagado la cuenta. Gasto material y espiritual, en este caso. Se le ve hinchado (de orgullo y de gimnasio). Lo que cuesta ser joven y aprender a vivir. Esos calzoncillos, hijo de mi vida…

José María García Linares (03/08/2009)

jueves, 30 de julio de 2009

PEQUEÑOS TIRANOS

Cuatro, el canal de Sogecable, lleva años emitiendo una serie de programas que han traído un soplo de aire fresco, tanto por sus contenidos como por sus formatos, al panorama rosa-fucsia y casposo de la televisión española. Callejeros, Desafío Extremo, 21 días…, Supernanny, Ajuste de Cuentas, S.O.S. Adolescentes, Hermano Mayor, etc., conocidos ya de sobra por el impacto que han supuesto en las audiencias. Montaña, ciudad, economía familiar, psicología o educación compiten contra el griterío y los corazones resecos. De entre toda la oferta, siempre me han parecido especialmente dramáticos aquellos espacios que buscan solucionar los conflictos entre padres e hijos, ya sean éstos de corta edad o adolescentes. Mal nos tienen que ir las cosas cuando desde la televisión nos enseñan cómo educar a los pequeños, cómo limitar sus exigencias y comportamientos.
Hablar de menores en España es muy difícil. La demagogia lleva ganándole el pulso a la razón desde hace décadas en casi todos los temas tanto políticos como sociales, pero en especial en éste. Con cada asesinato, violación o abuso cometido por un adolescente, el debate se enciende a propósito de una Ley del Menor que protege y disculpa, en vez de sancionar, a quien ha cruzado la línea de lo que es socialmente admisible. Quienes trabajamos con ellos sabemos que con catorce o quince años se sabe distinguir perfectamente entre lo que está bien y lo que está mal. Tal vez haya excepciones, tal vez haya asuntos en los que el joven titubee, pero desde luego sabe que matar a un semejante o violar a una compañera es inmoral y, además, un delito. ¿Por qué una joven es adulta para abortar a los dieciséis años y no lo es un violador para cumplir su pena?
Los niños son tiranos desde que nacen. Egocéntricos, egoístas, dictadores, caprichosos e instintivos. Educarlos consiste precisamente en corregir sus comportamientos, en reconducir sus exigencias y en poner límites a su propio yo para que no invadan el espacio de aquellos que los rodean. El arbolito, como dice el refranero, desde chiquitito. Y para que el niño aprenda lo que puede hacer y lo que no, necesita de la autoridad de sus progenitores, en un primer momento, y de sus educadores, en segundo lugar y más adelante. El terreno que pisamos es muy resbaladizo, porque para educar hay que estar presente, y la gran mayoría de padres y madres no pueden estarlo en los años más delicados de la formación de sus hijos por cuestiones de trabajo. El poco tiempo que pasan con ellos, al llegar a casa, no lo dedican a regañar, sino todo lo contrario. El niño alcanza la edad de los doce años sin un referente de autoridad, acostumbrado a chantajear a sus mayores, seguro de que sus apetencias están por encima de los deseos de los demás y, además, respaldados en ocasiones por sus padres que ya no saben qué hacer con su hijo aparte de consentirle todo aquello que al joven se le ocurra por miedo a represalias, discusiones y gritos. Hay menores que empiezan a hacer lo que les da la gana porque, precisamente, pueden hacerlo. Se han acostumbrado a conseguir todo aquello que se proponen. Pasan de curso sin estudiar, puede golpear a un compañero, puede insultar a su maestro, etc., y además saben que sus padres lo apoyarán a ellos porque los tienen en la palma de la mano.
La educación del menor no es una responsabilidad de los Estados, sino de su familia, salvo aquellos casos alarmantes para los que están los servicios sociales. No se puede tener un hijo para que lo críen y lo eduquen los demás. El problema, hoy por hoy, es que el modelo español no permite la conciliación de la vida familiar con el trabajo. Suecia, por ejemplo, sí que posee una estructura social como la que apuntamos aquí. Un sistema en el que la productividad económica está por encima de demandas como la de que un padre y una madre puedan dedicarle tiempo a su recién nacido acaba fracturándose irremediablemente, estallando por los aires.

José María García Linares (27/07/2009)